miércoles, 11 de junio de 2025

La Sala de Juntas Oro Negro.


Esta historia nació de una imagen: una mano traslúcida sobre un hombro que nadie veía. No es fantasía. Es la crónica de lo que ocurre en miles de salas de juntas cada día, disfrazado de “cultura de trabajo”. Si te duele, si te reconoces, si te da rabia, entonces el relato cumplió su cometido. Compártelo, si quieres. 


La Sala de Juntas Oro Negro.



El aire acondicionado jadeaba como un animal viejo. Roberto llevaba cuarenta y cinco minutos mirando la celda C14 sin verla. El café de su taza tenía una película aceitosa, como si él también se hubiera rendido.


—Roberto.


Ana no levantó la vista del portátil. Sus dedos temblaban, pero no escribían.


—Dime —murmuró él, apenas moviendo la boca.


—¿Lo ves?


No hacía falta que explicara. En “Oro Negro” no se explicaban esas cosas. Se sobrevivían.


El Director General pasó una página de su informe. Ese ruido —papel contra papel— fue el único sonido durante tres segundos.


El Espectro estaba junto a la ventana. O en la ventana. O en un lugar que la arquitectura no había previsto. Era alto de una manera que obligaba al cuello a doblarse. Vestía un gris sin luz. Su rostro era una mancha de humo con la intención de ser humano. Nadie lo miraba. Esa era la primera regla.


Ana la estaba rompiendo.


—No lo mires —dijo Roberto.


—Me habló.


—Siempre hablan.


—Dijo que mi análisis de sensibilidad era “patético”. Dijo que si volvía a equivocarme en un Sharpe…


—Ana.


Ella cerró la boca. El Espectro se desplazó —no caminó, no se movió: se corrigió— y apareció detrás de ella. El aire cambió de densidad. Roberto sintió el esternón apretarse, como si alguien lo empujara desde dentro.


El Director General hojeó otra página.


La mano del Espectro cayó sobre el hombro de Ana. Era grande, masculina, con dedos demasiado largos que hundían el tejido sin tocarlo. Ana dejó escapar un sonido que no era tos ni gemido: era rendición.


—Sigue trabajando —dijo Roberto—. Si respondes, empeora.


—¿Y si me levanto?


—No te levantes.


—¿Y si me voy?


—No te vayas.


—¿Por qué, Roberto?


Porque entonces él tendría que elegir. Y Roberto sabía —con esa certeza que se siente en el hígado, no en la cabeza— que iba a elegir lo de siempre.


El Espectro inclinó su rostro de humo hacia la oreja de Ana. Roberto no oyó las palabras, pero vio cómo el cursor temblaba en la pantalla, cómo los dedos de ella se crispaban, cómo una lágrima se formaba sin caer.


—Dice que soy prescindible —susurró Ana—. Que tres meses no son nada. Que hubo uno que duró dos semanas.


—Todos escuchamos eso —dijo Roberto. Y se odió.


—¿Tú lo escuchaste?


Silencio.


—Respóndeme, Roberto.


El Espectro giró hacia él. No tenía ojos, pero lo miró.


—Sí —dijo Roberto.


—¿Y qué hiciste? —preguntó Ana.


—Seguí trabajando.


Ana se levantó. La silla golpeó el piso. El Director General levantó la vista, molesto por la interrupción, no por el terror. Los analistas dejaron de fingir.


—Ana —dijo el Director—. Siéntese.


—Voy a hablar con alguien —dijo ella. Su voz estaba rota, pero había algo nuevo: una grieta por donde entraba aire.


Caminó hacia la puerta. El Espectro la siguió, pegado a su espalda. No, no pegado: dentro.


Roberto se levantó sin saber por qué. Tal vez porque hacía diez años él también había intentado levantarse antes de aprender a quedarse quieto.


—¡Ana, espera!


Ella abrió la puerta.


El pasillo estaba lleno de gente normal. Gente que no sabía. Gente que nunca sabría.


Ana se quedó en el umbral. Un pie dentro, otro fuera. Como si el marco fuera una frontera viva.


Roberto se acercó. Extendió la mano.


Entonces lo vio.


En el reflejo de la placa de bronce —“Oro Negro Asset Management: Excelencia y Compromiso”— vio la verdad: el Espectro no era una figura. Era la sala. Eran las paredes, la mesa, los informes, el Director, los analistas. Era el aire. Era él.


Ana lo miró.


—¿Y ahora, Roberto?


La puerta empezó a cerrarse sola. Lenta. Amenazante.


Roberto puso el pie para detenerla. La madera crujió como si protestara.


—Ahora —dijo— te acompaño.


El Espectro no desapareció. No iba a desaparecer. Pero por primera vez, Roberto caminó hacia el pasillo sin pedir permiso.




© 2025 Norma Cecilia Acosta Manzanares

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