Título: Suela que Afirma.
Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares
Vidrio que refleja.
Hierro que sostiene. La avenida respira
con pasos que ascienden.
No prisa.
Solo tránsito. Ciudad que observa.
Suela que afirma. ---
Me gusta plasmar mis vivencias, los momentos más inusitados a través de la escritura, con el fundamento de sellar el pasado y emprender nuevas aventuras.
Título: Suela que Afirma.
Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares
Vidrio que refleja.
Hierro que sostiene. La avenida respira
con pasos que ascienden.
No prisa.
Solo tránsito. Ciudad que observa.
Suela que afirma. ---
Lo Imposible
Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.
Todos los derechos reservados de la autora.
Caracas, Venezuela.
El amor es esa hoja
que no sabía que era de piedra
y brotó de todos modos.
No necesita tierra,
le basta con la voluntad
de romper el muro
para encontrar el sol.
Es la prueba de que donde hay una herida, siempre puede nacer algo vivo.
Título: Puff el Arquitecto de Arena.
Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.
Caracas, Venezuela.
En el azul profundo del Mar de Japón, donde la luz del sol se vuelve polvo antes de tocar el fondo, vivía un pez pequeño. Los demás lo llamaban Puff, y pasaban junto a él sin detenerse. No tenía colores brillantes ni dientes que impresionaran. Solo tenía un vientre suave y unas aletas diminutas.
Pero Puff sabía algo que los demás ignoraban: el mar no es solo agua. El mar es un animal gigante que respira corriente, y una corriente puede llevarse lo más frágil en menos de lo que tarda en parpadear un pulpo.
Un día, Puff sintió que era el momento. No buscó una cueva. No se escondió entre las rocas. Se detuvo en un llano de arena blanca y, con la determinación de quien no tiene otro tesoro que su propio esfuerzo, comenzó.
El primer día se lanzó contra la arena. Apoyó el vientre y empujó, trazando un surco recto, luego otro, luego una curva. Sus aletas ardían, pero siguió. Si los surcos son profundos, pensaba, el agua perderá su fuerza. Si el dibujo es exacto, mis hijos estarán a salvo.
El cuarto día, el cansancio le pesaba como una piedra en el estómago. El hambre llegó y se instaló. Pero Puff no se detuvo. Sabía que si dormía una hora de más, la corriente borraría todo. En el mundo de los padres que crían solos, el descanso es un lujo que se cambia por amor.
Buscó conchas pequeñas y fragmentos de coral. Los colocó con delicadeza en las crestas del dibujo. No era adorno. Era una señal: aquí hay orden, aquí hay alguien velando.
Al séptimo día, el nido estaba terminado. Desde arriba, parecía una flor de arena, un laberinto perfecto de dos metros de ancho. Cuando la hembra llegó, no miró el tamaño de Puff. Miró los surcos, la precisión, las conchas brillando en la penumbra. Allí, en el centro de ese círculo trazado con esfuerzo, dejó los huevos.
Puff no se fue a celebrar. Se quedó allí, suspendido sobre sus hijos, moviendo el agua con suavidad para que respiraran, vigilando cada sombra que pasaba. La corriente afuera seguía empujando, pero adentro, en ese círculo, había calma.
Miles de metros arriba, en la ciudad, una mujer llegaba a casa con las manos vacías y la espalda tensa. Había pasado el día haciendo cuentas, limpiando, resolviendo problemas que no eran suyos para que los suyos no tuvieran problemas. No había construido un nido de arena, pero había levantado algo parecido.
Al entrar, vio a su hijo durmiendo. Los libros estaban en su lugar, la ventana cerrada, el plato de la cena vacío y limpio en el fregadero. La mujer sonrió en silencio. Nadie en la calle sabía las corrientes que había tenido que frenar ese día. Nadie veía los surcos que había trazado con su propio cuerpo para que el niño estuviera ahí, dormido, tranquilo.
En otro lugar de la ciudad, un hombre cerraba la puerta con cuidado. También él había pasado el día enfrentando corrientes: órdenes, plazos, el peso de sostenerlo todo solo. Miró a su hija que respiraba pausado en su cama y, por un instante, el cansancio se hizo a un lado.
Ninguno de los dos se conocía. Pero los dos, en ese momento, eran como Puff. No porque fueran fuertes. Sino porque, contra la corriente, habían trazado un círculo. Y dentro de ese círculo, todo estaba en calma.
Afuera, el mar seguía respirando. La ciudad seguía rugiendo. Pero en el fondo del océano, un pez pequeño seguía moviendo las aletas, suavemente, sin parar. Porque eso es lo que hace un padre, una madre, cuando cría solo: convertirse en la corriente mansa que protege, mientras afuera todo empuja.
La Exactitud Física de lo Humilde.
Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.
Caracas, Venezuela.
No quiero continentes.
Rehúso el tacto del mármol,
su geometría fría.
Te elijo a ti:
tu mapa de fracturas,
el trazo secreto en tu palma,
la ciudad mínima de tus costuras,
y ese temblor que no se repite.
Hay una ley, un ángulo preciso:
tu sombra al mediodía corta el mundo en dos.
No es ciencia, es rito:
la parte prestada,
la porción de ausencia que yo habito.
Renuncio al volumen y al peso.
Lo vasto me amenaza.
Confieso mi culpa:
quiero lo que se agota,
tu pie de arena, tu cintura incierta,
el soplo que deshace y recompone.
No me hables de eternidad de acero.
Prefiero la grieta,
el papel de seda de tu espalda,
la luz que la perfora y la revela.
Allí se escribe el límite,
dulce, mortal, perfecto,
ya trazado:
tu calavera.
Título: Tregua
Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.
Caracas, Venezuela.
Esa luz... un ojo de ámbar,
vence a la tarde violeta;
fuego en el metal dormido,
marca en el suelo... una silueta.
Abajo, el mundo no para,
todo es plata y es cemento;
pero esa caricia clara
detiene, por fin, el momento.
No son pasos, es un viaje
hacia el alma del que ha llegado;
un adiós de hojalata...
bajo el cielo callado.
Brilla, faro, en el vacío,
que en tu luz... me quedo guardado.
(El título, en su cuaderno, sería solo una fecha o estaría tachado)
Autor: Norma Cecilia Acosta Manzanares.
Caracas, Venezuela.
Decir que un poema es fácil
es como decir que parir un hijo muerto
no duele.
Mentira de quien nunca ha tenido
que escarbar en la lengua
con las uñas rotas,
buscando la palabra que no traicione
el tamaño exacto del vacío.
Aquí no hay musa.
Hay obstinación.
Sudor seco en la sien.
La hoja en blanco no promete,
devuelve:
es un espejo astillado
donde debo reconstruirme
antes de que amanezca.
No busco la palabra hermosa.
Busco la que pesa,
la que se clava en el zapato
y te obliga a cojear
hasta la última línea.
La que, al leerla,
te haga bajar la mirada
y reconocer tu barro
en el barro de mis sílabas.
No quiero gustarte.
Quiero que esta tinta te confronte.
Que al leer “desnudez”
no pienses en metáforas,
sino en la última vez que temblaste
frente a otro cuerpo
sin saber si era amor o miedo.
Fácil es escribir versos que adornan.
Difícil es escribir uno
que se te incruste en el pecho,
que te crezca desde adentro
y duela como crece lo verdadero.
Por eso tardo.
Por eso rompo papeles.
Por eso a veces solo queda
el temblor de la mano
y un verso que es apenas
el eco de una herida
que aún no sabe callar.
Título: Suela que Afirma. Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares Vidrio que refleja. Hierro que sostiene. La avenida respira con pasos qu...