martes, 17 de febrero de 2026

Lo Imposible






Lo Imposible

Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.

Todos los derechos reservados de la autora.

Caracas, Venezuela.


​El amor es esa hoja

que no sabía que era de piedra

y brotó de todos modos.


​No necesita tierra,

le basta con la voluntad

de romper el muro

para encontrar el sol.


​Es la prueba de que donde hay una herida, siempre puede nacer algo vivo.

domingo, 15 de febrero de 2026

Puff el Arquitecto de Arena.

 Título: Puff el Arquitecto de Arena.

Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.

Caracas, Venezuela.


​En el azul profundo del Mar de Japón, donde la luz del sol se vuelve polvo antes de tocar el fondo, vivía un pez pequeño. Los demás lo llamaban Puff, y pasaban junto a él sin detenerse. No tenía colores brillantes ni dientes que impresionaran. Solo tenía un vientre suave y unas aletas diminutas.

​Pero Puff sabía algo que los demás ignoraban: el mar no es solo agua. El mar es un animal gigante que respira corriente, y una corriente puede llevarse lo más frágil en menos de lo que tarda en parpadear un pulpo.

​Un día, Puff sintió que era el momento. No buscó una cueva. No se escondió entre las rocas. Se detuvo en un llano de arena blanca y, con la determinación de quien no tiene otro tesoro que su propio esfuerzo, comenzó.

​El primer día se lanzó contra la arena. Apoyó el vientre y empujó, trazando un surco recto, luego otro, luego una curva. Sus aletas ardían, pero siguió. Si los surcos son profundos, pensaba, el agua perderá su fuerza. Si el dibujo es exacto, mis hijos estarán a salvo.

​El cuarto día, el cansancio le pesaba como una piedra en el estómago. El hambre llegó y se instaló. Pero Puff no se detuvo. Sabía que si dormía una hora de más, la corriente borraría todo. En el mundo de los padres que crían solos, el descanso es un lujo que se cambia por amor.

​Buscó conchas pequeñas y fragmentos de coral. Los colocó con delicadeza en las crestas del dibujo. No era adorno. Era una señal: aquí hay orden, aquí hay alguien velando.

​Al séptimo día, el nido estaba terminado. Desde arriba, parecía una flor de arena, un laberinto perfecto de dos metros de ancho. Cuando la hembra llegó, no miró el tamaño de Puff. Miró los surcos, la precisión, las conchas brillando en la penumbra. Allí, en el centro de ese círculo trazado con esfuerzo, dejó los huevos.

​Puff no se fue a celebrar. Se quedó allí, suspendido sobre sus hijos, moviendo el agua con suavidad para que respiraran, vigilando cada sombra que pasaba. La corriente afuera seguía empujando, pero adentro, en ese círculo, había calma.

​Miles de metros arriba, en la ciudad, una mujer llegaba a casa con las manos vacías y la espalda tensa. Había pasado el día haciendo cuentas, limpiando, resolviendo problemas que no eran suyos para que los suyos no tuvieran problemas. No había construido un nido de arena, pero había levantado algo parecido.

​Al entrar, vio a su hijo durmiendo. Los libros estaban en su lugar, la ventana cerrada, el plato de la cena vacío y limpio en el fregadero. La mujer sonrió en silencio. Nadie en la calle sabía las corrientes que había tenido que frenar ese día. Nadie veía los surcos que había trazado con su propio cuerpo para que el niño estuviera ahí, dormido, tranquilo.

​En otro lugar de la ciudad, un hombre cerraba la puerta con cuidado. También él había pasado el día enfrentando corrientes: órdenes, plazos, el peso de sostenerlo todo solo. Miró a su hija que respiraba pausado en su cama y, por un instante, el cansancio se hizo a un lado.

​Ninguno de los dos se conocía. Pero los dos, en ese momento, eran como Puff. No porque fueran fuertes. Sino porque, contra la corriente, habían trazado un círculo. Y dentro de ese círculo, todo estaba en calma.

​Afuera, el mar seguía respirando. La ciudad seguía rugiendo. Pero en el fondo del océano, un pez pequeño seguía moviendo las aletas, suavemente, sin parar. Porque eso es lo que hace un padre, una madre, cuando cría solo: convertirse en la corriente mansa que protege, mientras afuera todo empuja.


lunes, 2 de febrero de 2026

La Exactitud Física de lo Humilde.

 

La Exactitud Física de lo Humilde.

Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.

Caracas, Venezuela.


No quiero continentes.

Rehúso el tacto del mármol,

su geometría fría.


Te elijo a ti:

tu mapa de fracturas,

el trazo secreto en tu palma,

la ciudad mínima de tus costuras,

y ese temblor que no se repite.


Hay una ley, un ángulo preciso:

tu sombra al mediodía corta el mundo en dos.

No es ciencia, es rito:

la parte prestada,

la porción de ausencia que yo habito.


Renuncio al volumen y al peso.

Lo vasto me amenaza.

Confieso mi culpa:

quiero lo que se agota,

tu pie de arena, tu cintura incierta,

el soplo que deshace y recompone.


No me hables de eternidad de acero.

Prefiero la grieta,

el papel de seda de tu espalda,

la luz que la perfora y la revela.


Allí se escribe el límite,

dulce, mortal, perfecto,

ya trazado:

tu calavera.




Lo Imposible

Lo Imposible Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares. Todos los derechos reservados de la autora. Caracas, Venezuela. ​El amor es esa hoja q...